sábado, 2 de agosto de 2008

the black out lady

The black out lady

Aquella noche atravesó el salón enfundada en un guante, que le atrapaba cada pedacito de su cuerpo preso en aquella superficie de raso negro. Por primera vez en tantos años, su sonrisa volvía a ponerse en primer plano y dejaba abandonada la tristeza, compañera de larga historia. Todavía la hería la luz de la realidad, y por momentos temía sentir la necesidad de salir corriendo otra vez hacia la nada, en busca de su sombra, esa que había quedado guardada en el cuarto 349 de la Clínica de Reposo, ¡Que manera de llamar a un camposanto de la razón ¿La razón y para que sirve, sino para amarrarle el dolor y los miedos? No, esta vez estaba a salvo. Hoy, ella era la lámpara de lágrimas del comedor de la abuela, esa que todos querían encender para iniciar el rito del encuentro familiar. “Aquel que encienda la araña, tendrá permiso para siete deseos” recordó. Y siguió en su travesía por el salón.
Nadie, podría girar el interruptor. No se iría más a negro, no. Sólo luz, de Off a On.
Crush, crush, crush el vestido que le robó y las cabezas de los invitados volteando hacia la canción de su cintura que se desplazaba sobre unos stilettos verde manzana mordiendo sus pies. Los destellos brillantes en sus empeines, parecían encender luciérnagas en suelo del salón-
Nora la enfermera, le trajo para la ocasión una peluca para que recordarle su cabello cuando todavía no había logrado arrancarse el cabello. Aquel moño, se bamboleaba en su cabeza, no le hacia falta corona- Era reina por derecho, así lo confirmaba el aroma soberano que iba dejando a su paso. La esencia del alma, eso emanaba, la de la suya, lastimada por tantas ausencias, extraviada, entre floral y amaderado, casi al punto de un aroma oriental, ligeramente intervenido por las técnicas de los franceses.

Un solo hombro se asomaba desnudo y dorado besado por el polvo dorado que caía sobre su humanidad. Nora, la enfermera, se lo regaló “para cuando te asomes al mundo, y te
Nunca le hicieron llegar la tarjeta a su habitación 349, en la Clínica de Reposo, nadie quiere que haga acto de presencia, no vaya a ser que le de por desnudarse, o meterse en la torta. Pero ella se las ingenio para estar en la fiesta. Le gustaban tanto las bodas que muchas veces se hizo presente a nombre de la familia González, siempre hay unos González que sacan de aprietos, y no perder detalle.
Los que se casan no tienen idea de cómo traman sus destinos con otros y tejen resoluciones que se pensarán definitivas y luego solo eran por un tiempo, uno cargará con la vida del otro, se casaron muy jóvenes. No sabían que querían del amor. Había que parecerse a la historia familiar, ni más ni menos ¿Amor? Esa palabra al principio suena a deseo, entonces resuenan las voces de la abuela, la madre, el sustrato femenino, las revistas, las amigas, las creencias, los mitos, el deber ser que aplasta y azuza “mira mija no hay que acostarse con el hombre que una quiere para su vida la primera vez; la segunda claro…¡Si lo quieres para ti, haz que luche, no te mudes con él, no se la pongas fácil, trabájalo para la boda, piensa en la familia que vas a formar, los hijos, eh son buenos genes…ninguna tara en la familia, nadie descarriado, ningún artista…No lo olvides te estas llevando al macho alfa, si sabes por donde apretarlo, ese es para envejecer con él…”
-¿Cómo saber cuando dejar algo, aunque esté hecho trizas, porque el compromiso, es para siempre…Es como si te entregaran las llaves de la ciudad, que es la persona, con sus andamios, con sus sombras, y su brillo. Para siempre, y eso lo sabia, ella. Para siempre estaría él sembrado en el desamor de quien compartia sus horas, en el desamor de aquel encuentro “Siempre estaré para ti” le decía, desde que los presentaron.
Desde hacia cuatro años la visitaba puntualmente todos los jueves a las 6 de la tarde para llevarle su perfume y besarle las manos, dedo por dedo. “Siempre en mi capullo, mujer amada” Y mientras más tiempo pasaba en esos brazos robustos, olvidada del mundo, más le costaba salir de la torre de ese cariño de segunda mano, retenido por las paredes del Centro de Reposo empedrado en los muros de la hermosa mansión con pileta perro e hijos. Todo cabía ahí en esas palabras que brillaban en el aro de “y los declaro marido y mujer” . La frase que él había pronunciado, una solo vez y para siempre.

Esta noche no. Ni murallas, ni tapias, ni farallones. Era ella frente al mundo. travestida por la bondad de Nora, la enfermera que le regaló el polvo dorado, la que la cuidó desde que la llevaron allí, colgada de un silencio hondo, suspendido en una sonrisa.
Nora la recibió como si la hubiera estado esperando. Desenmarañó su cabello, no quería peinarlo porque sólo él sabía deshacer esos nudos de su pelo, hacerle caracolitos, mientras ella le mordía la tetilla izquierda, le mordía el corazón, decía ella. La amantaba con el cariño que aguantaba toda la semana para echárselo encima.
También había huido de esa jaula dorada.
Ese jueves no la encontró en el banco de siempre, Nora, guardó silencio. El entristeció al no poder besar cada dedo de sus manos. La creyó más allá de la habitación 349, sintió que la había abandonado durante demasiado tiempo, y se supo culpable de aquel sueño profundo en el que ella, su cautiva se había sumido. Eso le dijo Nora, sin titubear, sin equivocarse ni siquiera en una palabra, las hizo caer sobre él letales, inevitables, y pesadas como la tarde vacía de la Casa de Reposo. “Misión cumplida, pensó Nora, has sido vengada. Ve a reinar en tu fiesta, no van a ser las doce, no van a venir los ratones. El príncipe volvió a ser sapo. Es tu turno”

Durante el trayecto al fin de la ciudad, no supo de ella. Un sopor la invadió, el chofer ya tenia el santo y seña, sabia a que hora arribar, a que hora regresar. No recordaba esos paisajes, o los estaba descubriendo. Después de tanto encierro, la memoria juega al escondite.
La música comenzó a inundar el recinto, decenas de parejas corrieron a llenar la pista. Los ejecutantes se entusiasmaban con el fervor de los bailantes a medida que la champaña rodaba por entre las mesas. A ritmo vertiginoso, los instrumentos reproducían viejas melodías que daban paso a complicados pasos ejecutados en la cabeza de ella. Sentía que los pies se le iban solos, ¡tanto esperaba el momento de levantarse de esa silla con su copa burbujeante! - Sus ojos se iban tras el recuerdo de ese primer jueves cuando los presentaron. Se había quedado sin habla, él. Llegó para ver las reformas que requería la Casa de Reposo, era el Director del Banco Municipal y la vio. Esa visión de una mujer menuda, una fotografía de niña-mujer, recogida sobre si, lo arrebató. Atrás quedaron las obligaciones y el informe. Aunque cierto es que a partir de aquel jueves de enero, la Casa de Reposo, nunca recibió tanto cuido y atención.
Una revelación recorrió su cuerpo, no quería que esa tarde, que se hizo noche, y medianoche se terminara jamás. Ella ajena al estremecimiento de él, sentada como si encajara en esa grada, cambiaba de posición cada tanto tiempo como si ejecutara una coreografía que luego repetía con asombrosa precisión. El, se enteraría luego, en largos interrogatorios a Nora, que era parte de su tratamiento, asociar emociones a movimientos. Pero ese alfabeto de su cuerpo siempre estuvo vetado para él. Apenas si lograba descifrar lo que su pelo enredado en una maraña, como la red de Penélope, sus ojos verdiamarillos lejanos , los pulgares en batalla por zafarse de las manos, intentaban decirle al mundo. Que no a él en exclusiva.
-Ella es, dijo Nora. Soy 349 dijo, los nombres condicionan a las personas. “ Absolutamente rendido a sus pies, Srta 349” ¿Y Ud a que se dedica? -¿Yo? respondió halagada depende del dia. Los lunes a estar aquí, Nora trata de deshacerme los nudos y yo me los hago de nuevo. Como Penélope, que para esperar a Ulises teje su malla y la deshace, porque no quiere casarse con otro…Los martes solo miro a las ardillas correr, los miércoles la muchacha del 348 grita y yo la escucho porque libra por todos. Penélope, escogió el hilo de seda que se enreda, pero sirve para hacer vestidos, pero no redes. ¿Le gustan las bodas?
El no podía dejar de mirarla, y sin darse cuenta comenzó a peinarla delicado y dueño de ese nido de avispas que no le pertenecía.
Sonaron las mismas canciones que esa tarde cuando él se cruzó por el dintel de su vida. ¿Canciones? Nunca hubo más sonido que el de las ambulancias que llegaban con otro huésped que venia desconectado, buscando una pista en la Casa de Reposo. Ella esta noche sentía que eran las mismas que sonaban dentro de ella cuando le hacia aquellos caracolitos en la maraña de su pelo nido de avispa, que a él nunca iba a pertenecerle.
¡Salud ¡ Una copa le habia prescrito Nora. Salud también por el momento cuando perdió la sanidad, la cordura y le diagnosticaron síndrome de bipolaridad, total una parte suya no se acordaba de lo que había hecho la otra. Una sabia que con ese señor de los jueves se había acostado en la cama de su habitación 349. Otra sabia que él le había dicho que ella, era su tormento, su dulce tormento. Una tenía los ojos verdiamarillos heridos por el brillo de oro 18 k, del anillo de boda amarillo y apretado en esa mano, a punto de reventar, que le peinaba su nido de avispa. Otra sabia que un día, que no fuera jueves el llegaría a la Casa de Reposo, y se la llevaría no para la casa de la pileta, con perros, no, la llevaría a bailar y entonces ella podría mostrarle como el cuerpo se mueve y hace figuras porque escucha la canción que el otro, el señor de los jueves, lleva por dentro. Otra lo escuchaba decir como un puedo darte lo que quiero, te doy lo que puedo. Otra no quería saber. Una sabia que aquel amor, no cabria en otro dia que no fuera jueves.
¿Cuál de sus lóbulos cerebrales la llevaría a bailar?
-Salud por cada momento feliz y no tanto que me ha tocado. Salud por el milagro de estar aquí.
Ahora sus dedos envueltos en discretos aros de piedras tamborileaban sobre la mesa. Cada uno con su historia, el del primer aniversario ¿Cuántos jueves caben en un año? ¿Por qué los jueves? Por qué sólo los jueves, si sentía su amor en las manos que le encaracolaban el cabello. No podía, también él había aprendido a conformarse con poquito.
¿Y si llegara de pronto? ¿Y si me invitara a bailar? ¿Y si bailo y ya no hay más jueves para esperarlo? Nora, Nora sácame de aquí….la luz de la lámpara de araña del salón la perturbaba.
¡Quiero regresar a la 349! No, todavía no es momento de abandonar…¿Nora? ¿Me das permiso? Solo una copa, una pieza y yo me duermo, tranquilita, y te juro que no digo que hay ruiditos Nora. Quiero bailar, quiero danzarle. No se lo digas pero me preparé.
No se percató del momento cuando sus hombros marcaron la melodía. El miedo la paralizaba, pero su necesidad de danzar era superior a sus fuerzas, sentía que sus pies se iban solos. ¡Nora, Nora por Dios, quiero volver al jueves!

Entonces ocurrió el milagro. No era jueves, no era él.
De su cercanía emergió un caballero muy solicitado, al parecer y de eso se enteraría en la segunda pieza, venido de la región de Nápoles, tabaco en mano, vino tinto en la sangre y con los años sujetos a su mirada, que le ofreció su brazo.
349 no sabía como levantarse de su silla, pero él estaba dispuesto a festejarla, a cumplir su deseo de ser llevada, y ella con discreta alegría, se colgó.
La dama del vestido de guante negro, ceñido como el abrazo de El que la rodea así con sus brazos fuertes y la engulle, salió a la pista. Llevada por el caballero tinto, la faena al principio fue torpe, no conocían el ritmo interno de cada uno. Pero con la prisa de la elegancia, del poco a poco, ella se fue entregando a la precisión de sus brazos, a la firmeza de sus piernas.
-Baila usted muy bien, apuntó él con una caballerosidad trabajada en casa. Esa que sale tan natural por conocida, por ser rendido admirador de las mujeres.
- Escucho la canción de mi cuerpo. Y también el suyo, ¿Ve?
- Yo soy como un oso con zapatillas, Ud es ligera y delicada en su paso.
Mi padre me enseñó, bailábamos en el salón de mi casa, hay una lámpara de araña en el techo. Le decía mi padre me enseñó” hay que sentir el latido de quien te conduce, si no es gimnasia, cortesía. ¿Ha visto las lámparas de araña que cuelgan del techo? ¿Por qué cuando se casa tiene que ser para siempre? ¿Hasta cuándo es siempre? Todas esas preguntas atormentaban su cabeza, una parte, no la que estaba bailando. Sino la Otra. Una trataba de no pensar, de concentrarse en el un dos, tres con el que dibujaban el suelo de arabescos de granito. Otra sólo pensaba en la pileta, en el anillo que la encandilaba con su brillo temible de 18 kilates.

No hubo más traspiés, la sonrisa se asomó en el rostro del caballero tinto. Supo en la vuelta que se llamaba Giorgio, que era canoso, pero no tan mayor. Que no tenia anillo encandilante; ni casa con pileta. Una, dos y perdieron la cuenta y terminaron siendo 10 piezas de baile. Vueltas, piruetas, solos, dúos, algunas osadías nunca probadas, retando al equilibrio, la noche a los pies. Valses, pasodobles, un viejo merengue, una conga ancestral. Aquellas anatomías entretejidas como si la juntura viniese de otros tiempos Danzar y no pensar.

El set se había prolongado, los stilettos, que Nora le compró sin probárselos, hicieron el trabajo a la cortesía. El caballero de plata luchaba contra su deseo de sujetarla por la cintura para hacer crujir el vestido, ella lo intuía en su sudor incipiente, que rodaba por la frente. ¿Puede apagar la luz? ¿Dónde está Nora? …

jueves, 10 de abril de 2008

carta a Yoani Sanchez (autora del blog desde Cuba)

Hola Yoani:
Antes que nada mi admiración y respeto por tu trabajo, por tu osadia, por tus ganas de afirmate en los tres palitos que construyen tu nombre. Siempre me pregunté por qué los cubanos les ponian eso nombres tan extraños a los hijos de la revolución. Quizá es por que antes que todo fue el verbo y nombrar es fundar, y con esos extraños e inconfundibles apelativos, estaban fundando a un hombre nuevo. No creas que me escapo de eso, me llamo Yoyi Ana y eso es bastante complicado de llevar, pero se aligera porque me tocó ser cubano descenciente, de una mujer que salio de Cuba, en 1962, que estuvo en la militancia fuerte que conoció y admiró al caiman barbudo y que nunca se curó de la nostalgia de Beny Moré (quien por cierto trabajó como recolector de caña de azúcar en el central que dirigia mi abuelo en Vertientes)...En fin no te creas que por vivir en Venezuela, alguna vez vestí las orejitas de Mickey Mouse...¡No, desde los 12 hasta los 18 años, fui toooooodos los veranos a la isla en la Mision de los Maceitos, o sea los hijos d elso cubanos crecidos en el exterior con tremenda culpa heredada por una decisión que no fue de una, sino de tu madre, tu padre o de los dos, para divulgar las bondades del sistema por todos los rincones de la tierra...En fin mi Y se sostiene sobre la esquizofrenia de haber crecido en un pais capitalista , democrático, caótico, subdesarrollado, donde mis compañeros pasaban sus vacaciones en Miami y yo rodaba como en una pelicula de altisimo presupuesto hollywodense en una guagua de lujo por los cuatro rincones de la isla dando discursos, aprendiendo delos héroes y suministrando información a mi disco duro para convertirme en la más pura y clara expresión de una mujer nueva. ¿Por cierto por qué nunca se habló en femenino en la revolución? Por que esa generalización marimachizante de castrar a la mujer nueva o es que a los heróes de la revolución no los pario una madre, los amparó la selva de la Sierra Maestra...Bueno ya ves soy venezolana, pero medio cubana. Nunca me he podido desprender de esa isla. Tambien cargo mi hombrecito en cruz como tú. Ah por cierto tengo un blog se llama
lamaceitaletrada.logspot.com. Me gustaria entrevistarte..
Ah por cierto acabo de hacer un reportaje sobre la desobediencia civil en Cuba para una revista venezolana.
Un abrazo desde la Y

sábado, 19 de enero de 2008

memorias de nuestro Adriano

Ave Cesar Adriano:
No asistí a tu despedida, porque aunque tu verbo de voz aguardentosa, se paseó por mis albores universitarios. Sigues incólume en la memoria de mis afectos. Guardo con celo el cuadernito donde recogi cada una de tus clases en la que alguna vez fue la escuela de periodismo más importante de este pais portátil en la ucv. Cuando exhibia excelencia, tolerancia y diversidad, cuando tuvo aspiraciones de ser un cadáver exquisito donde convivieron las ideas más frescas, desenfadadas frente a la massmediatizacion de nuestras vidas. Nunca supe de un surrealista más coherente que tu, hasta el dia de tu muerte cuando para hacer mutis en el festin brindaste con agua y no con vino como corresponde a tu jerarquía. El verbo de Migel Angel Asturias, alumbre, lumbre de alumbre, nunca fue mas cadencioso que cuando lo pronunciaste en aquella sesión que quedó tallada en mi cuadernito rojo y en los vericuetos del hambre de literatura. Creo que finalmente partiste a reunirte con ellos, si con tu camarada Lautremount, con Duchamp, con André Breton; Baudelaire, hasta con Luis Aragon y sus devaneos comunistas. También fuiste un hombre rojo. Pero a la izquierda de la mesa, ¿te acuerdas esa que tuvo un encuentro azaroso con la máquina de escribir y el paraguas que no retuvo el palo de agua de tu creación contratemística
a la siniestra, de la diestra, ese la de Andrés Barazarte, la que lleva en la maleta la del proyecto inconcluso, el pais inacabado. Ave Cesar Adriano, te llevaste un trozo de país y contigo el dibujo del pais que se nos hace más difuso. Nos están robando la hsitoria, nos estamos desdibujando. Alumbra lumbre de Alumbre, no nos dejes en tanta oscuridad.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Fiesta en el Mani

Esa noche cayó un pedazo de cielo. Incontenible, como las lágrimas que a veces brotan de esos ojos verdiamarillos que la miran lejos desde el vagón del metro, la ciudad de los indios Caracas se hizo agua. La furia del firmamento castigó las calles, por doquier brotaban manos pidiendo auxilio para guardarse de la natural agresión. Ella también aguardaba, pero su espera era distinta. Gastaba las horas con sus manos en los bolsillos, mirando por la ventana de su apartamento como los otros sorteaban los charcos de las acera inútilmente, igual embarraban sus zapatos. Refugiada en los 45 metros de construcción de su guarida, espera el momento para transformarse en otra: trasvestirse de dama de la noche. El reloj marcando las ocho, le anunció que nadie vendría por ella. Era inútil, no tenía más remedio que lanzarse a la corriente de las alcantarillas, a la suerte de los árboles caídos.
Sin dar más tregua al aguacero, se enfundó unos jeans, se envolvió en un suéter de punto discreto y se hizo a la calle en un coche de alquiler. Como por arte de magia, el suburbio se abrió a su paso y sin encontrar un solo obstáculo, descendió del vehículo. Al arribar a El Mani es asi, se dio cuenta, de que ya no habria vuelta atrás. Con cierta distancia, saludó como corresponde a las cortesías de un lugar ajeno y se vio envuelta en un círculo de luces, afectos y premura. Siguiendo las piezas de una rutina, se coló hacia el tocador de damas y convocó a su alrededor un nutrido grupo de féminas que insistían en acicalarla. Ella graciosa, pero enfática, se proporcionó los afeites … Verde oliva, iridiscente en sus párpados para amarillear la mirada, naranja travieso en los labios para guardar secretos de mandarina. El cabello suelto, mordido por el viento. Entonces le tocó el turno al traje: ceñido al cuerpo, una segunda piel, ladrillo, escote, apenas sugerente. Un delicado nudo al lado de la falsa costilla, para lucir el quiebre de la cintura. Sandalias arena mordiendo sus pies.
I, 2, 3 acción…las luces sobre su rostro, la mentira sobre el escenario, la ficción imitando la vida, ¿o al contrario? Ya no era ella, esa otra también la habita. Era el verso urbano, la suspensión de la respiración de los buhoneros que corren a escabullirse por entre las paredes, la alucinación de un borracho que cruza la avenida. Una aparición en medio de la suciedad, el abandono y la desmemoria de una ciudad que ha ido dejando de merecer a sus originarios. El maní es así, sitio de las rumbas legendarias de la Caracas cuartorepublicana, recinto de la gozancia y la juntura de los cuerpos que se agitan y sudan, espacio donde el ritmo iguala a quienes luchan desde aceras contrarias.
Allí de pie sobre una gavera de cerveza, sólo para seguir fingiendo: altura, certezas, regalando nostalgias. Rubia y naranja, amarilleando el close up, se volcó hacia todos los trasnochados que por allí pasaban:
El poeta arriba, enmascarando a Alan Ginsberg, el beatnik criollo, William Osuna. Nunca sus versos se hicieron más músculo, sudaron y se hicieron asfalto, al escucharlos en su boca, no supo en qué momento dejaron de pertenecerle, de estar más allá de sus manos. Es otro quien los raptó.

Sin lennon, sin los Rolling Stones, sin el duro de Hendrix,
Felipito Pirela, el gran Benny, Pérez Prado y aquel pasito de Tintan que aprendimos en la matiné del cine baby
Que sería de esta mano en la oscuridad del ritmo
Que sería de nosotros en aquel lugar donde el amor fue carne, ron y cenizas
Un estallido de tigres, bolero y rock.
La poesia sigue siendo una urgencia para quien la necesita.
Desfragmentado el poema, ella rubia mandarineante, verdiamarilla cimbreando la cintura, repartió el poema a pedazos entre los nocturneantes que arribaban al sitio. Carne, bolero, ron, cenizas, fueron himno de la ciudad. Bocas desfiguradas, cuerdas vocales tensas, agudos, bajos profundos, resonaron en los oidos de la noche. Ron, cenizas, boleros..tigres, ceniceros, ron-roneados; cines, quiero más baby, dame todo lo que tienes entre las piernas, ábrete para mi en la parte de atrás del coche, autocines Benmy More...Si me quieren se querer....tengo el alma libre para amar...
¡Salud!, dos manos entrando a cuadro, para bautizar el hechizo. Miradas furtivas anunciaban romances oscuros. Amigos, regocijo, cariño, festejo, tres hombres en base gritando en una vieja televisión, distrajeron de su tarea de goce a los visitantes del lugar, que no se percataron de la entrada de El grande, Alfredo Naranjo. Traía en sus zapatos, horas de xilófono, las contorsiones de Tintán le brotaba en la piel, Pérez Prado halado por los vapores de su Patricia había sido el murmullo a los pies de su cuna. Fania All Star, ¿como ser único y no morir tragado por el peso de la noche caraqueña, que se niega a salir de la piel? Ganas de vocear la cadencia, la suena, zapatear, con la mano en la cintura, atraer hacia sí todo lo posible, y fingir que no ocurre nada más que dos cuerpos en danza. Perlar el rostro, mientras suena la tumbadora. ¡Dios mío esa trompeta, que arranca gemidos, el estallido, la plenitud del movimiento, risa, carcajada, jadeo, es el baile no hay más. Recuerdos de otros bailes, dibujos, figuras, vuelta adelante, vuelta atrás, serpentean los brazos, los tacones no arañan, apenas pisan el suelo de cemento: tatatatatatatatatatata…la clave interna, salir más allá del esqueleto, es el trance…Entonces el coro… La melena rubia que se agita, es la reina, el círculo la sujeta, no puede escapar, el coro aplaude, obsequian, agasajan a la soberana de los secretos mandarinas. Mira la catira como mueve la cintura, la falsa costilla castañuelea, el corazón trepa por los pechos, le salen alas de su espalda desnuda, gira, gira, es el delirio…Resuena adentro el cuero del bongó, las piernas se desplazan feroces, punta tacón punta tacón, es gitana, es negra, es caribe, es dolor, se entrega sin reposo, parece que nunca va a detenerse, es trepidante, no hay regreso, después es partir, ella con ella, la seda mandarina, tornasolea la pista, se zafa, ya no es la cautiva, abraza su sombra, desafía al infinito, se remonta hasta su alma. El último acorde la encuentra perdida, extraviada en un mundo de sonidos de la tierra. Debe detenerse o será tarde. Se desdibujan los intérpretes, todo es movimiento, nada se aquieta. Sus sandalias arena, no la obedecen, quiere atajar, el bamboleo de su cuerpo ebrio de marcha- el acorde en el estribillo es el fin. Ella se ha marchado, la otra, la de los secretos cítricos, que se adueñó de ella, todavía baila en la acera de las noches.

Habana Orsini.

Las Meigas

Las Meigas

Alguna vez me arrulló la cancion galega de una nana, que me envolvió en sus brazos cuando mi madre viuda se arrojó al viento del dolor. Aquella mujer de tez blanca, y pecho robusto, me procuró sopas, abrigo e historias. Al partir mi madre en procura de atisbar una que otra risa callejera, solía decir Vaya tranquila señora que a la reinita la cuidan las meigas. A la cabezona rubia, le echan las alas los espíritus del bosque, las mujeres que conocen de caldos y hechizos, las que saben de rezos para curar el alma, las que tienen una sonrisa en el bolsillo, las que esconden las cosas, las que la devuelven, las que danzan con los gnomos y los ponen a limpiar las casas. Las Meigas son guardianas de las rosas, se escabullen tras los lirios y cabalgan sobre los rabipelados del monte. Meigas, Magas, Meigas Brujas, sabias, cuenteras, siempre aladas, viajeras de vehículo propio o prestado.

Hubo una vez un sueño de una casa muy blanca que se levantó sobre la línea del horizonte, para descorrer el telón del mar. Hubo una casa que fue refugio y trinchera que defendió a dos locos que se le escaparon al amor. Un lar donde se festejaron encuentros, se tramaron pasiones, se alimentaron cariños. Hubo una fortaleza en la que mi madre se refugió del mundo: tapiada con sus muros se dedicó al silencio, rumió su rabia, acarició recuerdos, aprendió a estar sola de soledad, a mirarse adentro, a escuchar a los árboles, a saber que la madera cruje, que unos seres extraños caminan por el techo tracatá tracatá y ruedan cual si fueran golondronas., que de vez en cuando hace su parada un espanto. Mi madre, venció alacranes, endulzó su ponzoña y miró el perro negro a los ojos. Mi madre, se negó a irse con la muerte.

Hoy se clausuran las puertas del castillo, las Meigas han huido del lugar, dejaron las rosas centinelas en el jardín, los lirios saben lo suyo. Las telarañas celebran el silencio, la humedad que comienza a trepar por las paredes. Las Meigas no encuentran su escoba, muchos extraños pululan por el reino, no están enojadas, apenas distantes, indiferentes, diría, casi inertes, no hay alegría posible. Las Meigas preparan menjurjes los tambores suenan a batalla, se anuncia ofensiva.

Alguna vez, escucharon el rugido de un león: un par de desvelos y al olvido. Nunca el miedo se hizo espanto. Esta noche un rumor recorre los espinazos, ya llegan. Son ellos, los invasores. Tienen sed de venganza, quieren medrar en lugares ajenos, cobrar rencores ajenos.

Las Meigas se marchan. Han recogido los lirios, han puesto a resguardo las rosas, las palmeras se inclinan para no mirar, el pino no silba su canción, tordos, chuítas, paraulatas, guacharacas, no revoletean el lugar, se les terminó su ración de arroz mañanero. Es tiempo de a más ver, despedida blanca, las Meigas regresan al centro de la tierra.

The black dress lady

The black dress lady

Aquella noche atravesó el salón enfundada en un guante negro, que le atrapaba cada pedacito de su cuerpo preso en aquella superficie de raso negro. Crush, crush, emanaba de su cintura que se desplazaba sobre unos stilettos verde manzana, con leves destellos de brillantes en sus empeines. La rubia crin se bamboleaba en el centro de su cabeza, donde no hacia falta corona- Era reina por derecho, así lo confirmaba el aroma soberano que iba dejando a su paso. Un solo hombro se asomaba desnudo y dorado besado por el polvo dorado que caía sobre su humanidad.
La música comenzó a inundar el recinto, decenas de parejas corrieron a llenar la pista. Los ejecutantes se entusiasmaban con el fervor de los bailantes. Con ritmo vertiginoso, los instrumentos reproducían viejas melodías que daban paso a complicados pasos ejecutados en la cabeza de ella. Sentía que los pies se le iban solos, cuanto esperaba el momento de levantarse de esa silla con su copa burbujeante de champaña- Sus ojos se iban tras el recuerdo de un trece de enero. Sonaron las mismas canciones que esa noche cuando él se cruzó por el dintel de su vida. Salud por todos, libro por cada momento feliz y no tanto que me ha tocado. Salud por el milagro de estar allí. Ahora sus dedos envueltos en discretos aros de piedras tamborileaban sobre la mesa. No se percató del momento cuando sus hombros marcaron la melodía. Entonces ocurrió el milagro: de su cercanía un caballero muy solicitado venido de la región de Nápoles, tabaco en mano, cabellera de plata y vino tinto en la sangre, le ofreció su brazo y ella con discreta alegría, se colgó.
La dama del vestido de guante negro, ceñido como el abrazo de El que la rodea así con sus brazos fuertes y la engulle, llevada por el distinguido caballero del vino tinto, tomaron la pista, al principio fue torpe, no conocían el ritmo interno. Baila usted muy bien, apuntó él con una caballerosidad nata…Sólo sé que para bailar es necesario seguir el latir de quien le conduce, acotó…Al paso de la noche se fueron acompasando, no hubo más traspies, la sonrisa se asomó en sus rostros. Una dos, tres piezas de baile. Vueltas, piruetas, solos, duós, algunas osadías nunca probadas, retando al equilibrio, la noche a los pies. Valses, pasodobles, un viejo merengue, una conga ancestral…Danzar y no pensar. El set se había prolongado, los stilettos, hicieron el trabajo a la cortesía. El caballero de plata luchaba contra sus años, ella lo intuía en su jadeo incipiente, que a empujones pretendía ignorar. No puedo con su ritmo Don Gianni, es usted un gran bailarín, me ha complacido mucho compartir esta pista. Por mi hubiera seguido, pero ya que está fatigada, no puedo obligarla a seguir …