miércoles, 12 de diciembre de 2007

Las Meigas

Las Meigas

Alguna vez me arrulló la cancion galega de una nana, que me envolvió en sus brazos cuando mi madre viuda se arrojó al viento del dolor. Aquella mujer de tez blanca, y pecho robusto, me procuró sopas, abrigo e historias. Al partir mi madre en procura de atisbar una que otra risa callejera, solía decir Vaya tranquila señora que a la reinita la cuidan las meigas. A la cabezona rubia, le echan las alas los espíritus del bosque, las mujeres que conocen de caldos y hechizos, las que saben de rezos para curar el alma, las que tienen una sonrisa en el bolsillo, las que esconden las cosas, las que la devuelven, las que danzan con los gnomos y los ponen a limpiar las casas. Las Meigas son guardianas de las rosas, se escabullen tras los lirios y cabalgan sobre los rabipelados del monte. Meigas, Magas, Meigas Brujas, sabias, cuenteras, siempre aladas, viajeras de vehículo propio o prestado.

Hubo una vez un sueño de una casa muy blanca que se levantó sobre la línea del horizonte, para descorrer el telón del mar. Hubo una casa que fue refugio y trinchera que defendió a dos locos que se le escaparon al amor. Un lar donde se festejaron encuentros, se tramaron pasiones, se alimentaron cariños. Hubo una fortaleza en la que mi madre se refugió del mundo: tapiada con sus muros se dedicó al silencio, rumió su rabia, acarició recuerdos, aprendió a estar sola de soledad, a mirarse adentro, a escuchar a los árboles, a saber que la madera cruje, que unos seres extraños caminan por el techo tracatá tracatá y ruedan cual si fueran golondronas., que de vez en cuando hace su parada un espanto. Mi madre, venció alacranes, endulzó su ponzoña y miró el perro negro a los ojos. Mi madre, se negó a irse con la muerte.

Hoy se clausuran las puertas del castillo, las Meigas han huido del lugar, dejaron las rosas centinelas en el jardín, los lirios saben lo suyo. Las telarañas celebran el silencio, la humedad que comienza a trepar por las paredes. Las Meigas no encuentran su escoba, muchos extraños pululan por el reino, no están enojadas, apenas distantes, indiferentes, diría, casi inertes, no hay alegría posible. Las Meigas preparan menjurjes los tambores suenan a batalla, se anuncia ofensiva.

Alguna vez, escucharon el rugido de un león: un par de desvelos y al olvido. Nunca el miedo se hizo espanto. Esta noche un rumor recorre los espinazos, ya llegan. Son ellos, los invasores. Tienen sed de venganza, quieren medrar en lugares ajenos, cobrar rencores ajenos.

Las Meigas se marchan. Han recogido los lirios, han puesto a resguardo las rosas, las palmeras se inclinan para no mirar, el pino no silba su canción, tordos, chuítas, paraulatas, guacharacas, no revoletean el lugar, se les terminó su ración de arroz mañanero. Es tiempo de a más ver, despedida blanca, las Meigas regresan al centro de la tierra.

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