Esa noche cayó un pedazo de cielo. Incontenible, como las lágrimas que a veces brotan de esos ojos verdiamarillos que la miran lejos desde el vagón del metro, la ciudad de los indios Caracas se hizo agua. La furia del firmamento castigó las calles, por doquier brotaban manos pidiendo auxilio para guardarse de la natural agresión. Ella también aguardaba, pero su espera era distinta. Gastaba las horas con sus manos en los bolsillos, mirando por la ventana de su apartamento como los otros sorteaban los charcos de las acera inútilmente, igual embarraban sus zapatos. Refugiada en los 45 metros de construcción de su guarida, espera el momento para transformarse en otra: trasvestirse de dama de la noche. El reloj marcando las ocho, le anunció que nadie vendría por ella. Era inútil, no tenía más remedio que lanzarse a la corriente de las alcantarillas, a la suerte de los árboles caídos.
Sin dar más tregua al aguacero, se enfundó unos jeans, se envolvió en un suéter de punto discreto y se hizo a la calle en un coche de alquiler. Como por arte de magia, el suburbio se abrió a su paso y sin encontrar un solo obstáculo, descendió del vehículo. Al arribar a El Mani es asi, se dio cuenta, de que ya no habria vuelta atrás. Con cierta distancia, saludó como corresponde a las cortesías de un lugar ajeno y se vio envuelta en un círculo de luces, afectos y premura. Siguiendo las piezas de una rutina, se coló hacia el tocador de damas y convocó a su alrededor un nutrido grupo de féminas que insistían en acicalarla. Ella graciosa, pero enfática, se proporcionó los afeites … Verde oliva, iridiscente en sus párpados para amarillear la mirada, naranja travieso en los labios para guardar secretos de mandarina. El cabello suelto, mordido por el viento. Entonces le tocó el turno al traje: ceñido al cuerpo, una segunda piel, ladrillo, escote, apenas sugerente. Un delicado nudo al lado de la falsa costilla, para lucir el quiebre de la cintura. Sandalias arena mordiendo sus pies.
I, 2, 3 acción…las luces sobre su rostro, la mentira sobre el escenario, la ficción imitando la vida, ¿o al contrario? Ya no era ella, esa otra también la habita. Era el verso urbano, la suspensión de la respiración de los buhoneros que corren a escabullirse por entre las paredes, la alucinación de un borracho que cruza la avenida. Una aparición en medio de la suciedad, el abandono y la desmemoria de una ciudad que ha ido dejando de merecer a sus originarios. El maní es así, sitio de las rumbas legendarias de la Caracas cuartorepublicana, recinto de la gozancia y la juntura de los cuerpos que se agitan y sudan, espacio donde el ritmo iguala a quienes luchan desde aceras contrarias.
Allí de pie sobre una gavera de cerveza, sólo para seguir fingiendo: altura, certezas, regalando nostalgias. Rubia y naranja, amarilleando el close up, se volcó hacia todos los trasnochados que por allí pasaban:
El poeta arriba, enmascarando a Alan Ginsberg, el beatnik criollo, William Osuna. Nunca sus versos se hicieron más músculo, sudaron y se hicieron asfalto, al escucharlos en su boca, no supo en qué momento dejaron de pertenecerle, de estar más allá de sus manos. Es otro quien los raptó.
Sin lennon, sin los Rolling Stones, sin el duro de Hendrix,
Felipito Pirela, el gran Benny, Pérez Prado y aquel pasito de Tintan que aprendimos en la matiné del cine baby
Que sería de esta mano en la oscuridad del ritmo
Que sería de nosotros en aquel lugar donde el amor fue carne, ron y cenizas
Un estallido de tigres, bolero y rock.
La poesia sigue siendo una urgencia para quien la necesita.
Desfragmentado el poema, ella rubia mandarineante, verdiamarilla cimbreando la cintura, repartió el poema a pedazos entre los nocturneantes que arribaban al sitio. Carne, bolero, ron, cenizas, fueron himno de la ciudad. Bocas desfiguradas, cuerdas vocales tensas, agudos, bajos profundos, resonaron en los oidos de la noche. Ron, cenizas, boleros..tigres, ceniceros, ron-roneados; cines, quiero más baby, dame todo lo que tienes entre las piernas, ábrete para mi en la parte de atrás del coche, autocines Benmy More...Si me quieren se querer....tengo el alma libre para amar...
¡Salud!, dos manos entrando a cuadro, para bautizar el hechizo. Miradas furtivas anunciaban romances oscuros. Amigos, regocijo, cariño, festejo, tres hombres en base gritando en una vieja televisión, distrajeron de su tarea de goce a los visitantes del lugar, que no se percataron de la entrada de El grande, Alfredo Naranjo. Traía en sus zapatos, horas de xilófono, las contorsiones de Tintán le brotaba en la piel, Pérez Prado halado por los vapores de su Patricia había sido el murmullo a los pies de su cuna. Fania All Star, ¿como ser único y no morir tragado por el peso de la noche caraqueña, que se niega a salir de la piel? Ganas de vocear la cadencia, la suena, zapatear, con la mano en la cintura, atraer hacia sí todo lo posible, y fingir que no ocurre nada más que dos cuerpos en danza. Perlar el rostro, mientras suena la tumbadora. ¡Dios mío esa trompeta, que arranca gemidos, el estallido, la plenitud del movimiento, risa, carcajada, jadeo, es el baile no hay más. Recuerdos de otros bailes, dibujos, figuras, vuelta adelante, vuelta atrás, serpentean los brazos, los tacones no arañan, apenas pisan el suelo de cemento: tatatatatatatatatatata…la clave interna, salir más allá del esqueleto, es el trance…Entonces el coro… La melena rubia que se agita, es la reina, el círculo la sujeta, no puede escapar, el coro aplaude, obsequian, agasajan a la soberana de los secretos mandarinas. Mira la catira como mueve la cintura, la falsa costilla castañuelea, el corazón trepa por los pechos, le salen alas de su espalda desnuda, gira, gira, es el delirio…Resuena adentro el cuero del bongó, las piernas se desplazan feroces, punta tacón punta tacón, es gitana, es negra, es caribe, es dolor, se entrega sin reposo, parece que nunca va a detenerse, es trepidante, no hay regreso, después es partir, ella con ella, la seda mandarina, tornasolea la pista, se zafa, ya no es la cautiva, abraza su sombra, desafía al infinito, se remonta hasta su alma. El último acorde la encuentra perdida, extraviada en un mundo de sonidos de la tierra. Debe detenerse o será tarde. Se desdibujan los intérpretes, todo es movimiento, nada se aquieta. Sus sandalias arena, no la obedecen, quiere atajar, el bamboleo de su cuerpo ebrio de marcha- el acorde en el estribillo es el fin. Ella se ha marchado, la otra, la de los secretos cítricos, que se adueñó de ella, todavía baila en la acera de las noches.
Habana Orsini.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Las Meigas
Las Meigas
Alguna vez me arrulló la cancion galega de una nana, que me envolvió en sus brazos cuando mi madre viuda se arrojó al viento del dolor. Aquella mujer de tez blanca, y pecho robusto, me procuró sopas, abrigo e historias. Al partir mi madre en procura de atisbar una que otra risa callejera, solía decir Vaya tranquila señora que a la reinita la cuidan las meigas. A la cabezona rubia, le echan las alas los espíritus del bosque, las mujeres que conocen de caldos y hechizos, las que saben de rezos para curar el alma, las que tienen una sonrisa en el bolsillo, las que esconden las cosas, las que la devuelven, las que danzan con los gnomos y los ponen a limpiar las casas. Las Meigas son guardianas de las rosas, se escabullen tras los lirios y cabalgan sobre los rabipelados del monte. Meigas, Magas, Meigas Brujas, sabias, cuenteras, siempre aladas, viajeras de vehículo propio o prestado.
Hubo una vez un sueño de una casa muy blanca que se levantó sobre la línea del horizonte, para descorrer el telón del mar. Hubo una casa que fue refugio y trinchera que defendió a dos locos que se le escaparon al amor. Un lar donde se festejaron encuentros, se tramaron pasiones, se alimentaron cariños. Hubo una fortaleza en la que mi madre se refugió del mundo: tapiada con sus muros se dedicó al silencio, rumió su rabia, acarició recuerdos, aprendió a estar sola de soledad, a mirarse adentro, a escuchar a los árboles, a saber que la madera cruje, que unos seres extraños caminan por el techo tracatá tracatá y ruedan cual si fueran golondronas., que de vez en cuando hace su parada un espanto. Mi madre, venció alacranes, endulzó su ponzoña y miró el perro negro a los ojos. Mi madre, se negó a irse con la muerte.
Hoy se clausuran las puertas del castillo, las Meigas han huido del lugar, dejaron las rosas centinelas en el jardín, los lirios saben lo suyo. Las telarañas celebran el silencio, la humedad que comienza a trepar por las paredes. Las Meigas no encuentran su escoba, muchos extraños pululan por el reino, no están enojadas, apenas distantes, indiferentes, diría, casi inertes, no hay alegría posible. Las Meigas preparan menjurjes los tambores suenan a batalla, se anuncia ofensiva.
Alguna vez, escucharon el rugido de un león: un par de desvelos y al olvido. Nunca el miedo se hizo espanto. Esta noche un rumor recorre los espinazos, ya llegan. Son ellos, los invasores. Tienen sed de venganza, quieren medrar en lugares ajenos, cobrar rencores ajenos.
Las Meigas se marchan. Han recogido los lirios, han puesto a resguardo las rosas, las palmeras se inclinan para no mirar, el pino no silba su canción, tordos, chuítas, paraulatas, guacharacas, no revoletean el lugar, se les terminó su ración de arroz mañanero. Es tiempo de a más ver, despedida blanca, las Meigas regresan al centro de la tierra.
Alguna vez me arrulló la cancion galega de una nana, que me envolvió en sus brazos cuando mi madre viuda se arrojó al viento del dolor. Aquella mujer de tez blanca, y pecho robusto, me procuró sopas, abrigo e historias. Al partir mi madre en procura de atisbar una que otra risa callejera, solía decir Vaya tranquila señora que a la reinita la cuidan las meigas. A la cabezona rubia, le echan las alas los espíritus del bosque, las mujeres que conocen de caldos y hechizos, las que saben de rezos para curar el alma, las que tienen una sonrisa en el bolsillo, las que esconden las cosas, las que la devuelven, las que danzan con los gnomos y los ponen a limpiar las casas. Las Meigas son guardianas de las rosas, se escabullen tras los lirios y cabalgan sobre los rabipelados del monte. Meigas, Magas, Meigas Brujas, sabias, cuenteras, siempre aladas, viajeras de vehículo propio o prestado.
Hubo una vez un sueño de una casa muy blanca que se levantó sobre la línea del horizonte, para descorrer el telón del mar. Hubo una casa que fue refugio y trinchera que defendió a dos locos que se le escaparon al amor. Un lar donde se festejaron encuentros, se tramaron pasiones, se alimentaron cariños. Hubo una fortaleza en la que mi madre se refugió del mundo: tapiada con sus muros se dedicó al silencio, rumió su rabia, acarició recuerdos, aprendió a estar sola de soledad, a mirarse adentro, a escuchar a los árboles, a saber que la madera cruje, que unos seres extraños caminan por el techo tracatá tracatá y ruedan cual si fueran golondronas., que de vez en cuando hace su parada un espanto. Mi madre, venció alacranes, endulzó su ponzoña y miró el perro negro a los ojos. Mi madre, se negó a irse con la muerte.
Hoy se clausuran las puertas del castillo, las Meigas han huido del lugar, dejaron las rosas centinelas en el jardín, los lirios saben lo suyo. Las telarañas celebran el silencio, la humedad que comienza a trepar por las paredes. Las Meigas no encuentran su escoba, muchos extraños pululan por el reino, no están enojadas, apenas distantes, indiferentes, diría, casi inertes, no hay alegría posible. Las Meigas preparan menjurjes los tambores suenan a batalla, se anuncia ofensiva.
Alguna vez, escucharon el rugido de un león: un par de desvelos y al olvido. Nunca el miedo se hizo espanto. Esta noche un rumor recorre los espinazos, ya llegan. Son ellos, los invasores. Tienen sed de venganza, quieren medrar en lugares ajenos, cobrar rencores ajenos.
Las Meigas se marchan. Han recogido los lirios, han puesto a resguardo las rosas, las palmeras se inclinan para no mirar, el pino no silba su canción, tordos, chuítas, paraulatas, guacharacas, no revoletean el lugar, se les terminó su ración de arroz mañanero. Es tiempo de a más ver, despedida blanca, las Meigas regresan al centro de la tierra.
The black dress lady
The black dress lady
Aquella noche atravesó el salón enfundada en un guante negro, que le atrapaba cada pedacito de su cuerpo preso en aquella superficie de raso negro. Crush, crush, emanaba de su cintura que se desplazaba sobre unos stilettos verde manzana, con leves destellos de brillantes en sus empeines. La rubia crin se bamboleaba en el centro de su cabeza, donde no hacia falta corona- Era reina por derecho, así lo confirmaba el aroma soberano que iba dejando a su paso. Un solo hombro se asomaba desnudo y dorado besado por el polvo dorado que caía sobre su humanidad.
La música comenzó a inundar el recinto, decenas de parejas corrieron a llenar la pista. Los ejecutantes se entusiasmaban con el fervor de los bailantes. Con ritmo vertiginoso, los instrumentos reproducían viejas melodías que daban paso a complicados pasos ejecutados en la cabeza de ella. Sentía que los pies se le iban solos, cuanto esperaba el momento de levantarse de esa silla con su copa burbujeante de champaña- Sus ojos se iban tras el recuerdo de un trece de enero. Sonaron las mismas canciones que esa noche cuando él se cruzó por el dintel de su vida. Salud por todos, libro por cada momento feliz y no tanto que me ha tocado. Salud por el milagro de estar allí. Ahora sus dedos envueltos en discretos aros de piedras tamborileaban sobre la mesa. No se percató del momento cuando sus hombros marcaron la melodía. Entonces ocurrió el milagro: de su cercanía un caballero muy solicitado venido de la región de Nápoles, tabaco en mano, cabellera de plata y vino tinto en la sangre, le ofreció su brazo y ella con discreta alegría, se colgó.
La dama del vestido de guante negro, ceñido como el abrazo de El que la rodea así con sus brazos fuertes y la engulle, llevada por el distinguido caballero del vino tinto, tomaron la pista, al principio fue torpe, no conocían el ritmo interno. Baila usted muy bien, apuntó él con una caballerosidad nata…Sólo sé que para bailar es necesario seguir el latir de quien le conduce, acotó…Al paso de la noche se fueron acompasando, no hubo más traspies, la sonrisa se asomó en sus rostros. Una dos, tres piezas de baile. Vueltas, piruetas, solos, duós, algunas osadías nunca probadas, retando al equilibrio, la noche a los pies. Valses, pasodobles, un viejo merengue, una conga ancestral…Danzar y no pensar. El set se había prolongado, los stilettos, hicieron el trabajo a la cortesía. El caballero de plata luchaba contra sus años, ella lo intuía en su jadeo incipiente, que a empujones pretendía ignorar. No puedo con su ritmo Don Gianni, es usted un gran bailarín, me ha complacido mucho compartir esta pista. Por mi hubiera seguido, pero ya que está fatigada, no puedo obligarla a seguir …
Aquella noche atravesó el salón enfundada en un guante negro, que le atrapaba cada pedacito de su cuerpo preso en aquella superficie de raso negro. Crush, crush, emanaba de su cintura que se desplazaba sobre unos stilettos verde manzana, con leves destellos de brillantes en sus empeines. La rubia crin se bamboleaba en el centro de su cabeza, donde no hacia falta corona- Era reina por derecho, así lo confirmaba el aroma soberano que iba dejando a su paso. Un solo hombro se asomaba desnudo y dorado besado por el polvo dorado que caía sobre su humanidad.
La música comenzó a inundar el recinto, decenas de parejas corrieron a llenar la pista. Los ejecutantes se entusiasmaban con el fervor de los bailantes. Con ritmo vertiginoso, los instrumentos reproducían viejas melodías que daban paso a complicados pasos ejecutados en la cabeza de ella. Sentía que los pies se le iban solos, cuanto esperaba el momento de levantarse de esa silla con su copa burbujeante de champaña- Sus ojos se iban tras el recuerdo de un trece de enero. Sonaron las mismas canciones que esa noche cuando él se cruzó por el dintel de su vida. Salud por todos, libro por cada momento feliz y no tanto que me ha tocado. Salud por el milagro de estar allí. Ahora sus dedos envueltos en discretos aros de piedras tamborileaban sobre la mesa. No se percató del momento cuando sus hombros marcaron la melodía. Entonces ocurrió el milagro: de su cercanía un caballero muy solicitado venido de la región de Nápoles, tabaco en mano, cabellera de plata y vino tinto en la sangre, le ofreció su brazo y ella con discreta alegría, se colgó.
La dama del vestido de guante negro, ceñido como el abrazo de El que la rodea así con sus brazos fuertes y la engulle, llevada por el distinguido caballero del vino tinto, tomaron la pista, al principio fue torpe, no conocían el ritmo interno. Baila usted muy bien, apuntó él con una caballerosidad nata…Sólo sé que para bailar es necesario seguir el latir de quien le conduce, acotó…Al paso de la noche se fueron acompasando, no hubo más traspies, la sonrisa se asomó en sus rostros. Una dos, tres piezas de baile. Vueltas, piruetas, solos, duós, algunas osadías nunca probadas, retando al equilibrio, la noche a los pies. Valses, pasodobles, un viejo merengue, una conga ancestral…Danzar y no pensar. El set se había prolongado, los stilettos, hicieron el trabajo a la cortesía. El caballero de plata luchaba contra sus años, ella lo intuía en su jadeo incipiente, que a empujones pretendía ignorar. No puedo con su ritmo Don Gianni, es usted un gran bailarín, me ha complacido mucho compartir esta pista. Por mi hubiera seguido, pero ya que está fatigada, no puedo obligarla a seguir …
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