The black out lady
Aquella noche atravesó el salón enfundada en un guante, que le atrapaba cada pedacito de su cuerpo preso en aquella superficie de raso negro. Por primera vez en tantos años, su sonrisa volvía a ponerse en primer plano y dejaba abandonada la tristeza, compañera de larga historia. Todavía la hería la luz de la realidad, y por momentos temía sentir la necesidad de salir corriendo otra vez hacia la nada, en busca de su sombra, esa que había quedado guardada en el cuarto 349 de la Clínica de Reposo, ¡Que manera de llamar a un camposanto de la razón ¿La razón y para que sirve, sino para amarrarle el dolor y los miedos? No, esta vez estaba a salvo. Hoy, ella era la lámpara de lágrimas del comedor de la abuela, esa que todos querían encender para iniciar el rito del encuentro familiar. “Aquel que encienda la araña, tendrá permiso para siete deseos” recordó. Y siguió en su travesía por el salón.
Nadie, podría girar el interruptor. No se iría más a negro, no. Sólo luz, de Off a On.
Crush, crush, crush el vestido que le robó y las cabezas de los invitados volteando hacia la canción de su cintura que se desplazaba sobre unos stilettos verde manzana mordiendo sus pies. Los destellos brillantes en sus empeines, parecían encender luciérnagas en suelo del salón-
Nora la enfermera, le trajo para la ocasión una peluca para que recordarle su cabello cuando todavía no había logrado arrancarse el cabello. Aquel moño, se bamboleaba en su cabeza, no le hacia falta corona- Era reina por derecho, así lo confirmaba el aroma soberano que iba dejando a su paso. La esencia del alma, eso emanaba, la de la suya, lastimada por tantas ausencias, extraviada, entre floral y amaderado, casi al punto de un aroma oriental, ligeramente intervenido por las técnicas de los franceses.
Un solo hombro se asomaba desnudo y dorado besado por el polvo dorado que caía sobre su humanidad. Nora, la enfermera, se lo regaló “para cuando te asomes al mundo, y te
Nunca le hicieron llegar la tarjeta a su habitación 349, en la Clínica de Reposo, nadie quiere que haga acto de presencia, no vaya a ser que le de por desnudarse, o meterse en la torta. Pero ella se las ingenio para estar en la fiesta. Le gustaban tanto las bodas que muchas veces se hizo presente a nombre de la familia González, siempre hay unos González que sacan de aprietos, y no perder detalle.
Los que se casan no tienen idea de cómo traman sus destinos con otros y tejen resoluciones que se pensarán definitivas y luego solo eran por un tiempo, uno cargará con la vida del otro, se casaron muy jóvenes. No sabían que querían del amor. Había que parecerse a la historia familiar, ni más ni menos ¿Amor? Esa palabra al principio suena a deseo, entonces resuenan las voces de la abuela, la madre, el sustrato femenino, las revistas, las amigas, las creencias, los mitos, el deber ser que aplasta y azuza “mira mija no hay que acostarse con el hombre que una quiere para su vida la primera vez; la segunda claro…¡Si lo quieres para ti, haz que luche, no te mudes con él, no se la pongas fácil, trabájalo para la boda, piensa en la familia que vas a formar, los hijos, eh son buenos genes…ninguna tara en la familia, nadie descarriado, ningún artista…No lo olvides te estas llevando al macho alfa, si sabes por donde apretarlo, ese es para envejecer con él…”
-¿Cómo saber cuando dejar algo, aunque esté hecho trizas, porque el compromiso, es para siempre…Es como si te entregaran las llaves de la ciudad, que es la persona, con sus andamios, con sus sombras, y su brillo. Para siempre, y eso lo sabia, ella. Para siempre estaría él sembrado en el desamor de quien compartia sus horas, en el desamor de aquel encuentro “Siempre estaré para ti” le decía, desde que los presentaron.
Desde hacia cuatro años la visitaba puntualmente todos los jueves a las 6 de la tarde para llevarle su perfume y besarle las manos, dedo por dedo. “Siempre en mi capullo, mujer amada” Y mientras más tiempo pasaba en esos brazos robustos, olvidada del mundo, más le costaba salir de la torre de ese cariño de segunda mano, retenido por las paredes del Centro de Reposo empedrado en los muros de la hermosa mansión con pileta perro e hijos. Todo cabía ahí en esas palabras que brillaban en el aro de “y los declaro marido y mujer” . La frase que él había pronunciado, una solo vez y para siempre.
Esta noche no. Ni murallas, ni tapias, ni farallones. Era ella frente al mundo. travestida por la bondad de Nora, la enfermera que le regaló el polvo dorado, la que la cuidó desde que la llevaron allí, colgada de un silencio hondo, suspendido en una sonrisa.
Nora la recibió como si la hubiera estado esperando. Desenmarañó su cabello, no quería peinarlo porque sólo él sabía deshacer esos nudos de su pelo, hacerle caracolitos, mientras ella le mordía la tetilla izquierda, le mordía el corazón, decía ella. La amantaba con el cariño que aguantaba toda la semana para echárselo encima.
También había huido de esa jaula dorada.
Ese jueves no la encontró en el banco de siempre, Nora, guardó silencio. El entristeció al no poder besar cada dedo de sus manos. La creyó más allá de la habitación 349, sintió que la había abandonado durante demasiado tiempo, y se supo culpable de aquel sueño profundo en el que ella, su cautiva se había sumido. Eso le dijo Nora, sin titubear, sin equivocarse ni siquiera en una palabra, las hizo caer sobre él letales, inevitables, y pesadas como la tarde vacía de la Casa de Reposo. “Misión cumplida, pensó Nora, has sido vengada. Ve a reinar en tu fiesta, no van a ser las doce, no van a venir los ratones. El príncipe volvió a ser sapo. Es tu turno”
Durante el trayecto al fin de la ciudad, no supo de ella. Un sopor la invadió, el chofer ya tenia el santo y seña, sabia a que hora arribar, a que hora regresar. No recordaba esos paisajes, o los estaba descubriendo. Después de tanto encierro, la memoria juega al escondite.
La música comenzó a inundar el recinto, decenas de parejas corrieron a llenar la pista. Los ejecutantes se entusiasmaban con el fervor de los bailantes a medida que la champaña rodaba por entre las mesas. A ritmo vertiginoso, los instrumentos reproducían viejas melodías que daban paso a complicados pasos ejecutados en la cabeza de ella. Sentía que los pies se le iban solos, ¡tanto esperaba el momento de levantarse de esa silla con su copa burbujeante! - Sus ojos se iban tras el recuerdo de ese primer jueves cuando los presentaron. Se había quedado sin habla, él. Llegó para ver las reformas que requería la Casa de Reposo, era el Director del Banco Municipal y la vio. Esa visión de una mujer menuda, una fotografía de niña-mujer, recogida sobre si, lo arrebató. Atrás quedaron las obligaciones y el informe. Aunque cierto es que a partir de aquel jueves de enero, la Casa de Reposo, nunca recibió tanto cuido y atención.
Una revelación recorrió su cuerpo, no quería que esa tarde, que se hizo noche, y medianoche se terminara jamás. Ella ajena al estremecimiento de él, sentada como si encajara en esa grada, cambiaba de posición cada tanto tiempo como si ejecutara una coreografía que luego repetía con asombrosa precisión. El, se enteraría luego, en largos interrogatorios a Nora, que era parte de su tratamiento, asociar emociones a movimientos. Pero ese alfabeto de su cuerpo siempre estuvo vetado para él. Apenas si lograba descifrar lo que su pelo enredado en una maraña, como la red de Penélope, sus ojos verdiamarillos lejanos , los pulgares en batalla por zafarse de las manos, intentaban decirle al mundo. Que no a él en exclusiva.
-Ella es, dijo Nora. Soy 349 dijo, los nombres condicionan a las personas. “ Absolutamente rendido a sus pies, Srta 349” ¿Y Ud a que se dedica? -¿Yo? respondió halagada depende del dia. Los lunes a estar aquí, Nora trata de deshacerme los nudos y yo me los hago de nuevo. Como Penélope, que para esperar a Ulises teje su malla y la deshace, porque no quiere casarse con otro…Los martes solo miro a las ardillas correr, los miércoles la muchacha del 348 grita y yo la escucho porque libra por todos. Penélope, escogió el hilo de seda que se enreda, pero sirve para hacer vestidos, pero no redes. ¿Le gustan las bodas?
El no podía dejar de mirarla, y sin darse cuenta comenzó a peinarla delicado y dueño de ese nido de avispas que no le pertenecía.
Sonaron las mismas canciones que esa tarde cuando él se cruzó por el dintel de su vida. ¿Canciones? Nunca hubo más sonido que el de las ambulancias que llegaban con otro huésped que venia desconectado, buscando una pista en la Casa de Reposo. Ella esta noche sentía que eran las mismas que sonaban dentro de ella cuando le hacia aquellos caracolitos en la maraña de su pelo nido de avispa, que a él nunca iba a pertenecerle.
¡Salud ¡ Una copa le habia prescrito Nora. Salud también por el momento cuando perdió la sanidad, la cordura y le diagnosticaron síndrome de bipolaridad, total una parte suya no se acordaba de lo que había hecho la otra. Una sabia que con ese señor de los jueves se había acostado en la cama de su habitación 349. Otra sabia que él le había dicho que ella, era su tormento, su dulce tormento. Una tenía los ojos verdiamarillos heridos por el brillo de oro 18 k, del anillo de boda amarillo y apretado en esa mano, a punto de reventar, que le peinaba su nido de avispa. Otra sabia que un día, que no fuera jueves el llegaría a la Casa de Reposo, y se la llevaría no para la casa de la pileta, con perros, no, la llevaría a bailar y entonces ella podría mostrarle como el cuerpo se mueve y hace figuras porque escucha la canción que el otro, el señor de los jueves, lleva por dentro. Otra lo escuchaba decir como un puedo darte lo que quiero, te doy lo que puedo. Otra no quería saber. Una sabia que aquel amor, no cabria en otro dia que no fuera jueves.
¿Cuál de sus lóbulos cerebrales la llevaría a bailar?
-Salud por cada momento feliz y no tanto que me ha tocado. Salud por el milagro de estar aquí.
Ahora sus dedos envueltos en discretos aros de piedras tamborileaban sobre la mesa. Cada uno con su historia, el del primer aniversario ¿Cuántos jueves caben en un año? ¿Por qué los jueves? Por qué sólo los jueves, si sentía su amor en las manos que le encaracolaban el cabello. No podía, también él había aprendido a conformarse con poquito.
¿Y si llegara de pronto? ¿Y si me invitara a bailar? ¿Y si bailo y ya no hay más jueves para esperarlo? Nora, Nora sácame de aquí….la luz de la lámpara de araña del salón la perturbaba.
¡Quiero regresar a la 349! No, todavía no es momento de abandonar…¿Nora? ¿Me das permiso? Solo una copa, una pieza y yo me duermo, tranquilita, y te juro que no digo que hay ruiditos Nora. Quiero bailar, quiero danzarle. No se lo digas pero me preparé.
No se percató del momento cuando sus hombros marcaron la melodía. El miedo la paralizaba, pero su necesidad de danzar era superior a sus fuerzas, sentía que sus pies se iban solos. ¡Nora, Nora por Dios, quiero volver al jueves!
Entonces ocurrió el milagro. No era jueves, no era él.
De su cercanía emergió un caballero muy solicitado, al parecer y de eso se enteraría en la segunda pieza, venido de la región de Nápoles, tabaco en mano, vino tinto en la sangre y con los años sujetos a su mirada, que le ofreció su brazo.
349 no sabía como levantarse de su silla, pero él estaba dispuesto a festejarla, a cumplir su deseo de ser llevada, y ella con discreta alegría, se colgó.
La dama del vestido de guante negro, ceñido como el abrazo de El que la rodea así con sus brazos fuertes y la engulle, salió a la pista. Llevada por el caballero tinto, la faena al principio fue torpe, no conocían el ritmo interno de cada uno. Pero con la prisa de la elegancia, del poco a poco, ella se fue entregando a la precisión de sus brazos, a la firmeza de sus piernas.
-Baila usted muy bien, apuntó él con una caballerosidad trabajada en casa. Esa que sale tan natural por conocida, por ser rendido admirador de las mujeres.
- Escucho la canción de mi cuerpo. Y también el suyo, ¿Ve?
- Yo soy como un oso con zapatillas, Ud es ligera y delicada en su paso.
Mi padre me enseñó, bailábamos en el salón de mi casa, hay una lámpara de araña en el techo. Le decía mi padre me enseñó” hay que sentir el latido de quien te conduce, si no es gimnasia, cortesía. ¿Ha visto las lámparas de araña que cuelgan del techo? ¿Por qué cuando se casa tiene que ser para siempre? ¿Hasta cuándo es siempre? Todas esas preguntas atormentaban su cabeza, una parte, no la que estaba bailando. Sino la Otra. Una trataba de no pensar, de concentrarse en el un dos, tres con el que dibujaban el suelo de arabescos de granito. Otra sólo pensaba en la pileta, en el anillo que la encandilaba con su brillo temible de 18 kilates.
No hubo más traspiés, la sonrisa se asomó en el rostro del caballero tinto. Supo en la vuelta que se llamaba Giorgio, que era canoso, pero no tan mayor. Que no tenia anillo encandilante; ni casa con pileta. Una, dos y perdieron la cuenta y terminaron siendo 10 piezas de baile. Vueltas, piruetas, solos, dúos, algunas osadías nunca probadas, retando al equilibrio, la noche a los pies. Valses, pasodobles, un viejo merengue, una conga ancestral. Aquellas anatomías entretejidas como si la juntura viniese de otros tiempos Danzar y no pensar.
El set se había prolongado, los stilettos, que Nora le compró sin probárselos, hicieron el trabajo a la cortesía. El caballero de plata luchaba contra su deseo de sujetarla por la cintura para hacer crujir el vestido, ella lo intuía en su sudor incipiente, que rodaba por la frente. ¿Puede apagar la luz? ¿Dónde está Nora? …
sábado, 2 de agosto de 2008
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